#postdelosmartes

Un abrazo infinito.

Me enamoré del modo en que uno se queda dormido: lento al principio, y después, de repente, por completo.

 Me enamoré primero de sus palabras, de sus textos, del modo en que era capaz de describir este mundo tan gris y aburrido que compartíamos a diario, de la manera en que describía la ciudad y sus esquinas y sus calles y sus lugares escondidos.

 Cuando pude ponerle un rostro a esas palabras, me enamoré de sus manos, de los gestos que hacía al hablar. Del modo en que agarraba la taza de café con las dos manos y tomaba lento, sin sacar la cuchara.

 Me enamoré de las comisuras de sus labios, del modo en que casi esbozaba una media sonrisa al comenzar cada oración, de su voz suave y grave, de sus ojos que me miraban a cada rato.

 Me enamoré en el instante que me abrazó debajo un paraguas diminuto cuando enfrentamos esa lluvia inesperada de una tarde calurosa de enero. De los sus pasos, de su forma de caminar.

 Me enamoré de cómo hacía pausas para pronunciar palabras en inglés con un acento perfecto, de su risa, suave y tranquila y después a carcajadas, sin poder controlarse.

 Me enamoré de como se sorprendía ante cosas simples y triviales, de su curiosidad casi sacada de la niñez, de su inocencia.

Me enamoré de su llanto, de su mirada melancólica, de su tristeza inexplicable, de sus sollozos ahogados y de como apoyaba su cabeza en mi hombro.

Me enamoré de sus besos, lentos, pausados, y después intensos, sin poder controlarnos.

Me enamoré de su capacidad de hacerme sentir que por un instante no existía nada más en el mundo que nosotros dos, de su capacidad de hacerme sentir que por unos segundos podíamos congelar el tiempo y quedarnos abrazados en un abrazo infinito.

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