Diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés… termino de contar los destinatarios del mail.

“Bueno, no somos tantos” pienso, mientras levanto la vista de la pantalla y mentalmente calculo cuantas personas entran en el living de mi dos ambientes.

Recuerdo esa regla que alguna vez leí respecto a que se calcula que entran 4 personas por metro cuadrado, estimo que muchos de los invitados finalmente no vendrán y finalmente aprieto “Enviar”.

En la semana empiezan a llegar las confirmaciones a esa suerte de previa en mi departamento (previa a una fiesta) y al final terminamos siendo unos 15, un número más que razonable.

Él llega tarde, tardísimo, último, excusándose respecto del trabajo que lo está consumiendo desde hace ya varios días, y con unas latas de Speed “porque es lo único que me vendieron en el kiosko de la esquina”.

Yo me río. La verdad es que hablamos hace ya un tiempo y nos hemos visto aquí o allá, pero no lo conozco. No de verdad, o no fuera de lo que puedo leer o lo que me han contado.

Pasan las horas y entre música y tragos y bailar, de repente estamos en la cocina con dos de mis mejores amigos.

“Hagamos un ronda de confesiones. Cada uno cuenta un secreto que los demás no sepan”

Intercambiamos miradas, cerramos la puerta y “bueno… empezás vos” y señalo a mi mejor amigo.

“Estuve con arrobataldetuiter hace unos meses” dice.

Intercambiamos miradas de nuevo, porque nadie sabe de quien cuernos habla y entonces al secreto le falta esa parte “picante”.

“Seguimos en el sentido de las agujas del reloj” digo “Ahora te toca a vos” y lo miro. Está sentado en el banquito que mis papás me prestaron apenas me mudé y no tenía nada y que ya casi no uso y dejé ahí en la cocina

“Si vas a contar a todas las que te chapaste de tuiter… bueno, mirá que nos tenemos que ir en una hora así que no sé si tenemos tanto tiempo eh” le digo porque sé (sé) la “fama” que tiene.

Se ríe, y me agarra la pierna que le queda a apenas unos centímetros de la mano, y me acerca a él.

Se ríe, me río, nos reímos los cuatro. Pero algo en mi hace un clic extraño en ese instante que su mano toca mi pierna justo por encima de la rodilla y espero que la risa disimule.

Las horas siguen pasando. Más música, más tragos, más bailar, y llega el momento de irse.

En una maniobra que no termino de entender de repente me encuentro camino a la fiesta en el auto de mi mejor amigo con él al lado mío. Me vuelve a agarrar la pierna. Lo dejo.

Llegamos a la fiesta, a la barra, a ver el lugar. Me agarra de la mano y subimos las escaleras a la parte de arriba y en un segundo estamos hablando y al segundo siguiente contra la pared besándonos.

Se pone la capucha de la campera-buzo como si por ponerse una capucha las 13 personas que vinieron con nosotros no fueran a notar que desaparecimos en un lugar que tiene contados metros cuadrados.

De repente suena Rodrigo y bailamos. Rodrigo siempre me enloquece. Me da esas ganas de bailar rapidísimo, de girar, de cantar, me transmite una alegría distinta…

Bailamos y volvemos a besarnos y a bailar y a besarnos y de repente ya no sé ni que hora es ni donde están las 13 personas con las que vinimos.

“Quiero ir al baño”

Bajamos las escaleras.

El baño es raro. Los baños siempre tienen esa cosa rara de mostrarnos con esa luz bien blanca cuando fuera estamos a oscuras y miro a las mujeres que esperan ahí pacientemente conmigo que las otras mujeres salgan, porque así somos, siempre tardando tanto en el baño.

Justo antes de salir me miro al espejo. Me peino, saco el labial de la cartera y me lo vuelvo a poner. Y ahí sí, salgo.

Me agarra de la mano. Igual que antes, igual que las últimas no se cuantas horas y yo lo suelto.

“Tengo sueño. Me quiero ir a mi casa”. Y cruzo el salón, salgo por la puerta y me subo al primer taxi que veo en menos de 2 minutos.

Llegamos rapídisimo y me pregunto cuántos semáforos en rojo habrá pasado el taxista o cuán rápido habrá ido.

Recién al día siguiente me doy cuenta que vivo a sólo 6 cuadras del lugar de la fiesta y que podría haber caminado.

Miro el celular. Un mensaje de él: “Te fuiste”.

Y otros tantos de mis amigos preguntando donde es que estuve o desaparecí tantas horas.

Sonrío.

 


Nota: hace ya varios años cuando me preguntan “Y que te gustaría ser (cuando seas grande)?”, respondo: “Escritora”, y sin embargo pocas veces escribo textos que me animo a que otros lean.
Fue por eso que, hace algún tiempo, me animé a sumar algunos posts con más texto que imágenes, bajo el nombre de los #postdelosmartes. Pueden ver todos los anteriores posts de esta “sección” haciendo click en este link.
Estos textos pueden tener algo, mucho, poco o nada de verdad. Cualquier similitud con la realidad, es pura coincidencia. O no.

12 comentarios

  1. Si caminabas te corría y el final no era el mimo. Pero why?! Por qué te fuiste? El chico de la “fama” ahora no entiende qué hizo mal, jajaja.
    Cuando el siguiente capítulo?

  2. Nunca dejas que sean felices! jajaja.
    A mi humilde opinión, y de algunas clases que tuve; haces mucha pausa, y a veces es innecesario y no todo saben leer, me entiendes?. Pero está bueno, dejar picado al chico y a tus lectores 😛
    Besos desde Bolivia!

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