#postdelosmartes

Clarísimo.

No éramos nada.

Eso estaba clarísimo.

Y estaba clarísimo porque a diferencia de otras “relaciones” (propias y ajenas), había existido esa charla de “Qué somos?” así, de frente, sin vueltas, y sin miedos.

No teníamos nada que perder, pero tampoco nada que ganar. Estábamos en un particular momento de querer vivir sin demasiadas ataduras, y en eso encajábamos a la perfección.

“Nada… no somos nada. A ver: nos llevamos bien, y la pasamos bien… pero nada más, o no?”

Y no, no éramos nada más.

Los mensajes aparecían en horas dudosas de la madrugada, cuando ninguno de los dos sabía muy bien hacia donde ir, ni de donde venía tal vez.

Entre cenas, y series, y tragos, y risas nos convertimos en compañeros. Compañeros extraños, de esos que comparten sueños, y miedos, y proyectos. En algún punto nos hicimos confidentes, y de alguna forma, amigos.

 

Para cuando me di cuenta que pasaba demasiado de mi tiempo libre viendo sus fotos en redes sociales, o prestando atención a ver si estaba o no estaba en línea, era tarde.

Me había enganchado con esa persona con la que compartía nada y todo sin darme cuenta.

En esa obra sin director, ni guionista, ni roles, ni luces, ni escenografía me había –sencillamente- “enganchado”.

Le di mil vueltas al asunto, porque no me lo creía ni yo, y menos aún sabía como planteárselo a él.

Con un timing casi perfecto, de repente desaparecieron también sus mensajes, y sus invitaciones, y en algún punto decidí que era momento de hablar.

Se lo conté a una de mis mejores amigas en ese momento. “Ehm… está de novio hace dos meses, me parece que mejor no.”

 

Pasó un año, un año entero de ese día.

En el medio hice todo lo posible para borrarlo de mi día a día pero sin hacerlo tan obvio. Sin hacerle tan evidente cuanto me importaba, y cuanto esfuerzo me había llevado seguir adelante.

 

Y de repente, un martes a la noche, un mensaje de un número desconocido (porque claro, lo había eliminado como contacto), pero con su foto.

Me preguntaba una trivialidad. Una pavada, una excusa para estar contándome a los 20 minutos de haber empezado a hablar que ya no estaba más de novio.

Entendí que era el momento para el sincericidio (sinceridad suicidio) y le conté de esa vez que había “flasheado” algo más.

“Bueno, para mi la verdad es que no éramos nada más”.

Resulta que al final, estaba clarísimo.

 

 


 

Nota: hace ya varios años cuando me preguntan “Y que te gustaría ser (cuando seas grande)?”, respondo: “Escritora”, y sin embargo pocas veces escribo textos que me animo a que otros lean.
Fue por eso que, hace algún tiempo, me animé a sumar algunos posts con más texto que imágenes, bajo el nombre de los #postdelosmartes. Pueden ver todos los anteriores posts de esta “sección” haciendo click en este link.
Estos textos pueden tener algo, mucho, poco o nada de verdad. Cualquier similitud con la realidad, es pura coincidencia. O no.

8 comentarios

  1. Hola! es l primera ves que te escribo, pero es las miles que te leo.. me encanto ste relato, o lo ue sea, cuantas veces me paso? nos paso? minitasss!! y nos seguira pasando?? ..te mando un beso grande!

  2. Habitualmente me gustan mucho los post de los martes pero ¿viste cuando uno te cae en el momento justo? Bueno, identificadisima!

    Beso Flor!

  3. Lindo texto, muy, creo q mi preferido al momento 🙂

    Como no podia ser menos tbn tengo mi “no eramos nada”. En mi caso “no eramos nada”, pero igual se fue a jipear por latinoamerica y lcdsm.

    Saludos y buena semana!

  4. Ay Florrrrrrrrrrr, si te entenderé… cuando todo empieza a desaparecer lentamente.
    ¿Volvió después de que cortó con la novia? patada en el culito, por favorrrrrrrrrrrr !!

    Amo como redactás 🙂

    Besotes ♥

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